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Carlos Rossi

Queguay

Orientales y Argentinos

Estimados listeros,

Orientales y argentinos estamos mezclados por origen, historia y razones de sangre, como todos sabemos. Aprovecho esta circunstancia en común para contarles que, así como el uruguayo anexo está allá y mira para acá, han habido argentinos que estaban acá y miraban para allá. Es el caso de Anchorena, que construyó una torre que le permitía ver, en días claros, la Argentina.

Según dicen, en 1907 Jorge Newbery y Aarón de Anchorena cruzaron el Río de la Plata en globo, y sobrevolaron la barra del Río San Juan. Enamorado del lugar,

Anchorena lo compró, construyó una residencia, su torre, y un parque. Además tuvo la infeliz idea de introducir ejemplares de jabalí, traídos desde el Cáucaso. En su testamento estableció que la residencia y el parque pasaran a manos del Estado uruguayo, poniendo como condiciones que fuera utilizada para descanso del Presidente, que el parque fuera abierto al público, y que él fuera sepultado al pie de la torre.

Digo infeliz idea porque el jabalí no tiene, en el Uruguay, depredadores naturales. Lo sería el puma, pero se encuentra casi extinguido (casi, otro día les cuento), y hoy está declarado plaga nacional. Abunda en el centro y en el este, y ha cruzado el Río Negro, extendiéndose hacia el norte. Hace estragos en las majadas y a obligado a abandonar la cría en muchas zonas. Según censos, en 1998 mató 180.000 lanares y afectó a un tercio de los establecimientos. Tanto es el problema, que todos los años se organiza la Fiesta del Jabalí, en Aiguá, y hay gente que se dedica a cazarlos, por gauchada o como guías de turistas que gustan de ese deporte.

Es un animal salvaje. No se han observado casos de domesticación, ni aún teniéndolo en cautiverio desde cachorro. En origen raramente alcanza los 140 kilos, pero acá se ha cruzado con chanchas domésticas y ha producido ejemplares que superan los 200.

Con propiedad les cuento. Porque conozco a otro argentino, o uruguayo, Julio, que mató un ejemplar de unos 240 kilos, hace cuatro o cinco años. Julio es nacido en un pueblo de Entre Ríos llamado El Diamante, y cuando se le pregunta a que edad vino, contesta: "mamoncito, vine". Tendría algunos meses, supongo. Llegó con la madre, cocinera de estancia. Cumplió 69 hace poco y fue, cuando joven, el hombre más fuerte del pago. Le decían "pastel de yerra", grande y feo. Ojos celestes, rubio ya canoso, se corta el pelo una o dos veces al año, cuando va al pueblo. Y confianzudo, resabio de gurí criado en las cocinas.

El jabalí es herbívoro, pero cuando el invierno aprieta y el monte natural no le da sustento, sale a comer ovejas. Es peligroso, especialmente el macho adulto, que tiene los colmillos inferiores hacia arriba, de unos diez centímetros de largo, un cuero de dos centímetros de espesor, y una fuerza que lo hacen temible. Mata como cuchillo, rápido y en silencio. No sé de otro animal que mate tan rápido. Con un movimiento de la cabeza maneja los colmillos y en una fracción de segundo, mató.

Este ejemplar que les menciono comía una oveja noche por medio, más o menos. Dejaba sólo el mondongo, algunos huesos y un poco de lana desparramada. Llevaba comidas ochenta, y no había forma de pararlo. En zonas agrícolas o de sierras el jabalí es más o menos vulnerable, pero en los montes del Queguay, es rey. De oído y olfato finísimos, puede desplazarse corriendo a través de mugreras impenetrables para el hombre, y ahí permanece. De noche, sale, come y regresa. También es su hábito, si por cualquier circunstancia lo sorprende el día, quedarse en el lugar. Fue lo que pasó. Julio, egocéntrico, estaba muy molesto, y cuando tuvo la suerte de encontrarlo a campo abierto, ni se le ocurrió dudar. Lo persiguió hasta enlazarlo. Lo agarró del hocico, justo por atrás de los colmillos.

Se dice fácil, pero tiene algo de temeridad. Un jabalí mata fácilmente un caballo. Le pasa corriendo por abajo y el caballo ya tiene los intestinos colgando. Si todo sale bien, y el caballo es bueno, y sabe trabajar, y no se asusta, cuando el jinete se baja queda tirando del lazo. El jabalí, astuto pero poco inteligente, tira también para zafar, y es como más se aprisiona. De esto se aprovecha el hombre para darle muerte. Se baja, voltea el chancho, echa mano a la cintura para sacar el cuchillo que lleva siempre, y descubre que lo había perdido en la correteada.

Ese día andaba recorriendo con Julián, paisano nacido y criado en Sauce del Queguay. Corpulento, siempre con sombrero negro aludo, camisa arremangada, bombacha de campo, alpargatas, cuchillo a la cintura, gesto impenetrable.

-¡Prestame tu cuchillo, Julián!

Julián le tira su cuchillo, pero cae a un par de metros. Estira el brazo y, claro, no daba.

-¡Alcanzame el cuchillo, Julián, alcanzame el cuchillo...!

El que da, quita. A Julio, los rigores del campo lo endurecieron, pero a Julián lo arrimaron al boliche. Hoy, con cincuenta años, no puede dar la mano sin que le tiemble.

-¡Tas loco! ¿Y si se levanta?

A miles de metros de cualquier refugio, de a pie porque el caballo estaba agarrado al chancho y el chancho al caballo, cualquier guasca que reventara era su perdición. El jabalí sabe por instinto que el hombre es su enemigo más peligroso y, metido en un entrevero de estos, lo primero que hace es ir a él, sin atender perros ni ningún otro peligro. Aquello sólo podía terminar con una muerte. Tuvo que soltar el chancho, recoger el cuchillo, voltearlo otra vez, y matarlo. De todo lo cual, con ser cierto, no puedo dar fe, porque estaba más lejos que Julián todavía.

Caballos y jinetes

Estimados listeros,

Hace unos meses anduve dos o tres días dando vueltas por nuestro país, en compañía de un libanés (aquellos que en la campaña se llamaban "turcos"). No nos conocíamos de nada, sólo cuestiones laborales. Los temas no eran muchos, y surgió el de los caballos.

Este hombre practica equitación, en México, donde vive. Salto alto y adiestramiento. Me preguntó qué silla de montar se usa en Uruguay, y me habló de los tres tiempos del paso del caballo. Ya vi que me convenía quedarme callado (el ignorante, callado, aparenta por lo menos), pero en cuanto pude me compré un libro sobre el tema, que quiero compartir.

El título es Equitación Gaucha, y el autor Justo Sáenz, quien menciona frecuentemente a Robert Cunnigham Graham (al decir de Pancho en contestación a Nellyta, un escocés que vivió mucho tiempo en la Argentina y escribió mucha cosa sobre temas camperos). Que sea argentino no es obstáculo, porque muchos temas (para variar...) son comunes.

Habla Sáenz al comienzo mismo del libro sobre la importancia que la equitación de los bereberes tuvo en España. Suya fue la famosa escuela de "la jineta", que revolucionó desde su adopción en el sur de Europa cuanto al manejo del caballo se refería. Cuando la conquista de América, dicha escuela estaba en todo su apogeo y junto con el caballo y su silla, llegó a este continente.

La opone a la escuela "de la brida", y destaca que tendía a obtener de la cabalgadura el máximo de agilidad y presteza en giros, arranques y detenciones, así como velocidad en las carreras

cortas, lo que la hizo insuperable para los combates individuales con arma blanca. Adaptada al nuevo lugar y circunstancias, da como resultado los aperos y forma de cabalgar del gaucho, y de nuestro paisano actual.

Y hablando del paisano, les comento una anécdota vivida por mi abuelo paterno, en campos de la sucesión Arteche. Trabajaba ahí como peón y domador un tal Ambrosio Moreira, hombre ya medio veterano por aquella época. Había que hacer un aparte de novillos, y mi abuelo, que se visitaba con Pedro, andaba mezclado. Contaba que Ambrosio desensilló antes de comenzar la tarea, porque el paisano no se sostiene arriba del caballo por estar agarrado, como sucede en la escuela "de la brida", sino por una cuestión de equilibrio. Así que cuando el recado es más molestia que ayuda, lo saca (cruzar ríos a nado, apartes, viajes cortos...)

Un aparte consiste en reunir al ganado en un lugar firme, que permita correr, y mientras unos paisanos cuidan que no se disperse, dos se dedican a apartar aquellos animales que desean. Lo que logran colocándose uno a cada lado del animal, y lo espantan, guían o empujan, según cuadre. De a caballo, desde luego.

Es bien interesante ver esta tarea. Exige serenidad, rapidez, destreza y dominio del animal. Y estar bien atento, porque cuando un animal dispara, el paisano lo persigue, y sucede que, si el caballo es bueno y sabe trabajar, cuando el animal hace una gambeta el caballo también. Por cuenta y orden propia, ya sabe que es así, y el jinete distraído sigue derecho al suelo.

El caballo puede ser potro (cuando está "crudo", sin ningún tipo de enseñanza), redomón, cuando ya tiene "unos galopes" encima, y de andar, cuando está domado. Ese día Ambrosio andaba montado en un redomón (¿recuerdan la canción.../ galopando a campo abierto / montado en pelo y en redomón / avanza un gaucho clinudo / la frente al viento y el corazón... ?).

Estaban apartando cuando un novillo amaga dispararse. Ambrosio le cerró piernas al redomón, pero este, en vez de atropellar, se enrolló y lo sacó limpito de arriba. Cayó sentado sobre el piso duro, bien pelado de tanto pisoteo, hizo sapitos en el suelo. Mi abuelo, socarrón supongo como todo paisano, le dice

-¿Le gustó pa sentarse en el pasto, compañero?

-¿Pasto?.... si traiecha! Me quebró el culo el pingo viejo!

Porque eso también tiene el paisano, es egocéntrico. Lo que le molesta es "una porquería", y el caballo que le falla "el pingo viejo", así sea redomón.

Carlos Rossi