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Raul Rivas

Anécdota con Parte Policial

Esto sucedió hace aproximadamente unos veinte años, en el caserío de Tiatucura, Dpto. de Paysandú.

Tíatucura es un caserío a orillas del Salsipuedes (si, el mismo lugar donde Rivera tuvo el despropósito de perpretar el charruicidio) y sobre un camino mejorado que va desde Peralta, en la Ruta 5, hasta Paysandú, pasando por Tres Arboles, etc. Tiene no más de 30 o 35 casas repartidas en dos barrios separados por una cañada que tributa al Salsipuedes. Un barrio se llama Peñarol y el otro Nacional.

Peralta tiene escuela rural, boliche de ramos generales y destacamento policial con el único teléfono del lugar. La luz eléctrica llegó en la época de la dictadura, época tambien en que lo que antes era casi un camino de tropas se convirtió en un camino mejorado, con puente sobre el Salsipuedes y todo, gracias a que a un vecino ladino del lugar, viveza criolla mediante, se le ocurrió la brillante idea de convencer a los militares que si había algún "problema serio" en Paysandú, el camino más corto para enviar fuerzas desde Paso de los Toros (donde se asienta la actual División de Ejército III, ex Región Militar III) era vía Peralta, Tiatucura, etc. Resultado, en cosa de un año, frente a Tiatucura pasaba una flamante "carretera" y ya no era necesario cruzar el Salsipuedes por "la picada" porque ahora había puente y todo.

La verdad es que en Peralta no pasa casi nunca nada. De hecho, el destacamento policial está fundamentalmente para controlar el paso de ganado, evitar el abigeato, etc. El agente a cargo es el típico "milico" de campaña: Uno se da cuenta que es policía porque alguna prenda del uniforme siempre trae puesta. Por ejemplo: Puede estar vestido con bombachas batarazas, alpargatas negras bigotudas y chaqueta policial, o bien con camisa leñadora roja a rayas, boina de vasco, pantalón policial y botas de caña dura. En verdad, en los destacamentos de campaña uno descubre el verdadero sentido de lo que significa "guardia-civil". Otra cosa que delata al "milico" es el lenguaje que utiliza, que es siempre en forma de parte policial. Un suponer, uno le pregunta: "Disculpe, ¿por aquí se va a Peralta?" y la respuesta seguramente es: "Positivo" o "negativo", según el caso..

La cuestión que motiva este relato, es que en una estacia de la zona se produjo un hecho de sangre: un peón viejo mamau hasta las patas y de mala bebida le había pegado un balazo en una pierna a un peón joven.

Una vez que el capataz del establecimiento informó al "patrón" de lo sucedido, este decidió que se trasladara en avioneta al herido al hospital de Paso de los Toros, y que heridor, capataz y patrón llevarían a aquel "al destacamento" a dar parte de lo sucedido, lo que inevitablemente habría que hacer, porque en el hospital tendrían que dar cuenta de que asistirían a un herido de bala.

Al llegar "al destacamento" y después de los saludos de rigor, el cabo que estaba a cargo empezó con el interrogatorio al tiempo que iba llenando el parte correspondiente, al que ya le había anotado nombres de víctima y victimario, edades, domicilios, lugar de los hechos, etc.

-A ver, decime, qué fue lo que pasó...

-Y... Yo estaba lo más tranquilo sentado tomando mate... empezó a contar el peón viejo, al cual el "cuete" se le había pasado del susto que tenía, no así el aliento alcohólico.

-Ajá, pero alguna otra cosita habrías tomado antes ¿no?...

-Buenooo.... Alguna cañitaaa... había tomado, n-no voy a decir que no... Pero no en horas de trabajo ... (mientras miraba de reojo al patrón, que no permitía tomar alcohol en la estancia).

-Ajá. "En es-ta-do e-tí-li-co", anotó el agente en el parte, repitiendo en voz alta sílaba por sílaba. Y el final de cada frase la remataba con un punto, que no quedaban dudas que era un punto, porque era como un lanzaso que tiraba con el lápiz al final de cada línea.

-Y qué mas? -insistió el policía, para que continuara el declarante.

-Bueno, como dije, estaba matiando y yega el guacho ese, que viene yegando del campo a bañar el cabayo en el bebedero que está frente a los dormitorios, donde estaba yo...

-¿Y?...

-Y que me empezó a mirar...

-¿Y?

-Y yo voy y le digo que qué mira...

-¿Y?

-Y el me dice, dijo, "yo miro lo que se me antoja"

-Ajá... "por cues-tio-nes del mo-men-to", anotó en el parte,

siempre repitiendo en voz alta lo que escribía y marcando las sílabas.

¿Y?...

-Y entonces, ahí me empecé a calentar y le dije "guacho e'mierda"...

-¿Y?

- Me dijo que lo estaba insultando...

-¿Y?

-Y le dije que me estaba faltando el respeto.

-¿Y?

-Y me dijo que el no le faltaba el respeto a nadies y que este era un país libre y que si quería miraba lo que se le antojara y chau.

-¿Y?

-Y le dije que no fuera guacho atrevido

-¿Y?

-Y me dijo "viejo Borracho"

-¿Y?

-Y le dije "mirá que si estás buscando lío, lo vas a encontrar"

-¿Y?

-Y me contestó que el "con libertá ni infende ni teme" y que ademá era cierto, y repitió "viejo borracho"

-¿Y?

-Y ahí yo ya estaba bastante cabreado y le dije que si seguía con el atrevimiento le iba a pegar un balazo...

-Ajá. ¿Y ahí sacaste el arma?

-No, ahí el guacho me empezó a relajar más y a decirme que yo estaba tan borracho que no le iba a pegar ni a dos metros

-¿Y?

-Y ahí le dije que yo le pegaba a dos metros y a una cuadra tamién

-¿Y?

-Y el me dijo no se qué y se empezó a reir y a señalarme, y ahí me calenté más, dentré pa la pieza y busqué el fierro, salí p'ajuera y como el guacho seguía a las risotadas, de caliente nomá le tiré el balazo...

-Ajá. "Sin me-diar pa-la-bra", anotó el milico. 

DOÑA ROSALIA

Doña Rosalía vivía en uno de los pueblos del santoral canario.

Doña Rosaría siempre había sido vieja. Tenía cualquier edad entre los 65 y los 85.

También siempre había sido viuda. Siempre se le conoció de luto de pies a cabeza, con un único vestido negro de manga larga, abotonado hasta el cuello y bastante largo más abajo de las rodillas, medias negras y generalmente alpargatas negras. En invierno el atuendo se completaba con un raído saquito de lana negro y gastada bufanda negra. Si la cosa venía brava con las heladas, agregaba un pañuelo grueso en la cabeza, negro.

Vivía no en el centro, pero si en una calle importante, no lejos del centro. Era propietaria de dos casas gemelas. Una de ellas era en la que vivía, la otra la alquilaba a mi familia.

La única vez en un par de años que la vimos salir de la casa, para ir lejos, fue por la muerte de un familiar suyo. De otro modo, apenas salía para cruzar la calle e ir al almacen a comprar alguna provisión, siempre con paso rápido, casi como una carrerita. Y esto tal vez no más de una vez por semana. La otra salida, era para comprar carne en la carnicería que estaba pegada a su casa, local del cual también era propietaria y que alquilaba. También alquilaba un salón con baño, contiguo a la carnicería y que oficiaba de "academia de dactilografía". Nunca la visitaba nadie, excepto una sobrina gordita y poco simpática, que aparecía cada dos o tres meses y le hacía una visita de un par de horas.

El living de su casa, donde nos recibía para cobrar el alquiler, constaba de tres sofas de cuero -con aspecto de no haber sido nunca nuevos-, una mesita ratona -muy ordinaria- que no hacía juego con nada, y una mortecina lamparita pelada que colgaba de techo. Ni una foto, ni un cuadro, ni un mantelito. Nada. La austeridad total. Todo limpito, totalmente austero y con olor a humo.

Doña Rosalía tenía, como también nuestra casa, un fondo enorme que tendría 50 metros por 15 o 20. Allí cultivaba -es un decir- papas, zapallos, zanahorias, alguna lechuga. No era un huerto. Era algo así como un desorden donde todo crecía y se multiplicaba casi de milagro.

También los yuyos. A veces se la veía inclinada sobre el "huerto" con un escardillo arreglando algo, no mucho.

De ese, digamos huerto, ella se proveía para su alimentación. Arrancaba dos o tres cosas, juntaba unos palitos, y haciendo fuego con ellos, se cocinaba. Nos dábamos cuenta que era así, porque al rato el humo empezaba a salir por la puerta de la cocina, que casi siempre tenía abierta. Nunca vimos si tenía cocina eléctrica, a kerosene o a lo que fuera. Nunca pasamos más allá del living y nunca pudimos ver su cocina, a pesar de que los fondos de ambas casas estaban separados sólo por un tejido de alambre. Pero lo que si se veía por todo lados era la austeridad con la que vivía.

Un día no se la vio más y dejó de salir humo por la puerta de su cocina.

Tampoco se levantaba la persiana de la ventana del living, que daba a la calle, como hacia todos los días. Nadie supo nada de ella, hasta que vino la sobrina a visitarla.

Al parecer ella era la única familiar que tenía y ésta no tenía noticias de que Doña Rosalía fuera a haber ido a algún lado de viaje.

Entonces planteó la cosa en la Policía. Cuando abrieron la casa, encontraron a Doña Rosalía, aún en camisón, tendida sobre la cama y casi como momificada. Algún médico atribuyó esta condición por algún té de yuyos que se haría y tomaría habitualmente.

Llamó la atención de algunos policías el tamaño y forma de la cama, que era dada por el tamaño y forma del colchón.

Cuando retiraron el cadaver, se hizo más evidente. Estaba relleno de papel moneda: Tenía en pesos -hace 38 años- el equivalente a U$S 150.000 de aquella época...

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(Para los yoruguas anexos: "Canario" es el gentilicio de los oriundos del Departamento de Canelones, el más poblado del país luego del de Montevideo, con el cual limita y al cual rodea casi completamente. Y "santoral" le llamamos al rosario de pueblos y ciudades que abundan en ese departamento y que se llaman San algo o Santa algo. Por ej.: San Bautista, Santa Lucía, etc.).

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Raul Rivas